JOAO PRESTES FILHO

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JOAO PRESTES FILHO

Mensaje por omega el Sáb Jun 28, 2008 4:57 pm

Las mortecinas luces de Araçariguama, un pequeño municipio a siete kilómetros de Sao Roque (Sao Paulo, Brasil), hacía tiempo que intentaban iluminar sin demasiada fortuna los maltrechos caminos que conducían a la aldea. Joao regresaba con la escasa pesca que había obtenido esa jornada. “Tanto trabajar para tan poco”, pensaba mientras se aproximaba a su hogar. La noche estaba tranquila, quizá demasiada tranquila. A su alrededor el silencio se apoderaba inmisericorde del entorno y tan solo el sonido de sus pasos indicaba que en aquel inhóspito paraje bullía la vida con la llegada del día.

“¡Maldita mujer!”, exclamó el pescador soltando con ira los útiles que con estruendo cayeron al suelo. Su esposa había salido de casa, cerrando la puerta con llave y dejando abierto como único acceso al hogar, una reducida ventana que daba a la calle. Conocía a la perfección la estrechez de aquel agujero odioso, en el que en más de una ocasión había dejado esfuerzo y jirones de piel. Resignado apoyó el pié derecho en una piedra y tomando impulso se apresuró a atravesar la improvisada entrada. Era un hombre de ágiles reflejos, por lo que la empresa no debiera haberle supuesto mayor esfuerzo y sin embargo...Prestes se precipitó contra la fría tierra, rodando hacia el interior de un charco. El hombre, un valiente luchador habituado a las siempre inesperadas sorpresas de la noche comenzó a temblar. El miedo se apoderó de su alma. Frente a el, a pocos metros del ventanuco, una luz de tonalidades rojizas había hecho acto de presencia, irradiando un calor sofocante. La respiración de Joao se aceleró, mientras el corazón parecía querer escapar de la caja torácica “Boitatá, boitatá” tales fueron sus últimas palabras antes de perder el conocimiento. Minutos mas tarde un vecino, Aracy Comide, que en sus tiempos mozos había ejercido la enfermería en el ejército brasileño, acudió a socorrerlo, al observar su cuerpo extendido e inmóvil en medio del barro. La imagen era dantesca. La piel del desgraciado presentaba los mismos síntomas que la carne al ser cocida. No parecía sentir dolor alguno y se expresaba con claridad, eso sí, bajo los efectos de un choque momentáneo.

Ya en su lecho, el que en definitiva había de ser su lugar de reposo eterno, Joao, mantuvo con Gonide una conversación fluida sin ser conciente en los primeros instantes de la extraña corrosión que estaba afectando a su físico, la lenta agonía se prolongó por espacio de nueve horas, siempre según el testimonio del enfermero. En ese periodo de tiempo la escena se fue tornando si cabe aún más dantesca. La carne del rostro de Prestes empezó a desprenderse como si estuviera padeciendo un progresivo e impactante estado de descomposición. Los brazos no tardaron en quedar desnudos, mostrando un grotesco espectáculo: los tendones y los huesos de la víctima eran perfectamente visibles a ojos del aterrado ayudante, que pese a los esfuerzos por evitar que el inefable proceso de descarne continuara, nada pudo hacer para que sucediera.

Al cabo de unas horas el cuerpo de Joao Prestes Filho era un guiñapo en el que se podían observar partes del esqueleto. Y sin embargo, el agredido por la siniestra formación luminosa no cesaba de hablar.

De este modo hacía relato de los hechos el enfermero Aracy Comide en el año 1974 al ufólogo Fernando Grossman. Es posible que este testigo de excepción aumentara el dramatismo de una situación, ya de pos sí terrorífica, añadiendo algún que otro elemento de su cosecha.

Gracias a la labor del periodista hispano brasileño Pablo Villarrubia Mauso, magnífico profesional, se pudieron desentrañar las circunstancias reales que rodearon a uno de los sucesos masa fascinantes de la ufología del siglo XX.

Con tesón y esfuerzo, Villarrubia logró localizar en un reciente viaje por Iberoamérica a Lúis Prestes, sobrino del finado Joao Prestes y sabedor de todos los escabrosos detalles de esta apasionante historia. Y es que ¿quién mejor que un familiar para narrar la increíble aventura?. Empezaba así:

“Hasta hace poco mi padre recordaba el trágico fin de su hermano en 1946. Yo era pequeño, tenía unos nueve años, pero me acuerdo perfectamente de lo que ocurrió. Era semana de carnaval y el prefirió irse de pesca. Araçariguama era un lugar aislado y tranquilo, mi tía se fu´ñe a la feria con sus hijos y le dejó preparada la cena en casa.

Yo estaba en Araçariguama cuando me dijeron que mi tío estaba moribundo en casa de un pariente. No me dejaron entrar porque aún era muy pequeño y me podía impresionar. Con mi padre sí que habló y le contó que al volver a casa abrió la ventana y apareció algo como un fuego o antorcha. Cayó al suelo y sintió que el cuerpo le ardía. Se enrolló en una manta y caminó mas de dos kilómetros hasta la villa. Mi padre decía que Joao estaba quemado de cintura a cabeza excepto el pelo. Yo ví a mi tío moribundo cuando lo sacaban camino de Santana de Parnaíba, donde había un hospital. Estaba envuelto en unas sábanas ennegrecidas, quizá por lo quemado del cuerpo. Murió antes de ingresar.

Como vemos, en el relato de Luis Prestes y Aracy Gomide habían ciertas contradicciones. En primer lugar no se habla de familiares junto al enfermo, salvo el mencionado Comide, quién además aseguró en su momento que el traslado al hospital se efectuó casi en carretilla a causa del estado horroroso que presentaba el enfermo, o más que el, sus despojos. La agonía de Joao no estuvo acompañada de jirones de carnes y tendones al aire. Siempre, lógicamente, si atendemos a la descripción referida por el entrevistado, que continuaba como sigue:

“Su apariencia, según mi padre, quién lo acompañó al hospital, era realmente penosa, pero no llegaba a eso –en alusión a las descripciones del enfermero-. Presentaba quemaduras graves. La piel, la carne, estaba oscura. No tenía ninguna lesión corporal.

Mi padre, que era subdelegado de la policía de Santana de Parnaíba, solicitó la colaboración de la rama científica policial, pero no sé nada de los resultados. No tenía enemigos. Aún moribundo, repitió que había sido la luz agresora y que era cosa de otro mundo. En Araçariguama y su región se veía entonces con asiduidad unas bolas de fuego que decían ser “asombraçoes” –espantos-. Algunos creían que procedían de una mina de oro. Y sucedían otras cosas. Mi fallecido padre nos contó que hacia 1922 pudo ver por la noche, junto a mi abuelo y un tío mío, un “lobisomen” –hombre lobo-. Mi tío le arrojó una piedra y le alcanzó en la garra. Curiosamente al día siguiente, un vecino apareció con la mano “enfajada”.

Más testigos

Vergilio Francisco Alves, primo segundo de Joao. “Yo nací y me crié en Araçariguama, empecé a trabajar en la mina de oro de Mollo Velho a los quince o dieciséis años, pero os cuento lo que sé sobre la muerte de Joao. Fue en 1946 y era carnaval, se fue a pescar cerca de allí, al río Tiete. Su esposa y sus hijos se fueron a las fiestas. Hacía tiempo seco, no llovía. Al regresar guardó su caballo y le dio de comer. Puso el pescado en una cazuela y calentó agua para ducharse en el horno de leña. Cuando se cambiaba de ropa, se le apareció una especie de rayo o luz amarilla que iluminó todo. Joao sintió que su cuerpo ardía y que la barba estaba quemada. Asustado y sin poder mover las manos quitó con los dientes el pestillo de la puerta de la casa y salió descalzo a la calle, porque nunca usaba calzado. Corrió mas de dos kilómetros hasta llegar a casa de su hermana María, cerca de la iglesia de Araçariguama. Allí se tiró a la cama y dijo estar quemado. Al poco llegó el comisario Joao Malaquías, al cual le dijo que no era culpa de nadie, porque lo que le había atacado no era cosa de este mundo.

Mi primo, Emiliano Prestes, vivía muy cerca y fue quien me avisó. Cuando llegué a casa de María, me encontré a Joao Malaquías, el comisario, hablando con Joao. Este estaba tumbado y se le empezaba a trabar la lengua. Su piel blanca estaba tostada, como si se hubiese asado, lo peor eran las manos y el rostro. Las tenía torcidas, su pelo no se quemó, ni sus pies ni la ropa. Solo de cintura a cabeza. Los pies los tenía desollados por haber venido corriendo y pisando piedras.

Creo que fue cosa de Boitatá, pues este ya le había atacado antes a Joao.

Cuando era tropero –conductor de ganado-, aún muy joven, vivía con su padre en Araçariguama. Cierto día, al atardecer, cuando conducía los burros por un cerro, vió un fuego que cayó del cielo. Sintió como la bola pasaba junto a él y a punto estuvo de golpearlo. Joao me contaba que allí, se veían diez o doce bolas que surgían en el cielo, algunas eran rojizas, otras del color de la luna, a veces caían y explotaban. La gente las llama las luces de “Boitatá”.

FUENTE: Crónicas del Misterio, de FERNANDEZ BUENO, LORENZO

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